Haciendo la tesis
La prensa “rosa” en México
La discriminación contra la mujer es resultado de la ignorancia y el amor por la desigualdad.
El regocijo que genera entre los defensores del machismo en nuestro país la opresión de la mujer se refleja plenamente en los medios de comunicación. La prensa “rosa” tiene el mismo aire de trivialidad que hace ya casi 150 años se predica en nuestro país.
Secciones de noticias sobre “Sociales” son uno de los productos más consumidos por las lectoras mexicanas en los distintos niveles de pobreza y riqueza en México.
Las mismas ideas se siguen repitiendo incesantemente por todos los medios de comunicación de carácter misógino: las mujeres como objetos, que tienen como obligación tener un cuerpo ejercitado y bello, en contraste con la tolerancia que hay sobre la obesidad en los hombres. Las mujeres como personas que son menos inteligentes que los hombres, pero con una mayor “sensibilidad”, lo que da paso a que las mujeres se dediquen a cosas “menos” difíciles, como las labores del hogar y la crianza de los hijos exclusivamente.
Pero del mismo modo, se siguen repitiendo ideas cada vez con mayor frecuencia acerca de la conquista de libertad de las mujeres. No como el discurso de los medios masivos de comunicación, que venden cremas, maquillaje, zapatos cómodos, automóviles grandes, electrodomésticos, etcétera, productos que hacen más llevadera la explotación de la mujer por su doble jornada de trabajo.
La igualdad de la mujer en la sociedad es una tarea gigantesca si se compara con la cantidad de años que la misoginia tiene en el mundo. Parecería que la misoginia nació con el primer hombre, pero el feminismo también nació con la primera mujer.
¿Cuáles son las bases en las que se sustentan el desprecio por el intelecto femenino?
Participación histórica de las mujeres en los medios de comunicación
La participación de las mujeres en la prensa escrita en México se remonta al siglo XIX, cuando escribieron en publicaciones que eran dirigidas por hombres, quienes seleccionaban información que creían era la “adecuada” para el género femenino.
Sin embargo, la presencia de las mujeres siempre ha sido implícita en las publicaciones escritas e impresas, conocidas antes del siglo XIX, como en el caso de la cultura americana precolonizada. La información era transmitida por vía oral, tanto los acontecimientos novedosos como de saber popular (historias, fábulas, etcétera).
El caso de Sor Juana Inés de la Cruz es emblemático, debido a que la poetisa, si bien no tuvo una repercusión en la discusión política tan fuerte en los medios como en la literatura, los análisis de género que hizo durante su vida posterior a sus estudios universitarios sentaron una base hasta nuestros días sobre superación femenina. Asimismo, el caso de la independentista Leona Vicario vincula el pensamiento femenino con la prensa, debido a que envió correspondencia encriptada a partidarios de la Independencia a través de periódicos (Gaspar, 1997).
Ya entrado el siglo XIX, se puede señalar que el periodismo femenino era reducido a una serie de publicaciones dirigidas hacia mujeres, pero encabezadas por hombres. Los textos sí eran escritos por mujeres, pero la edición era contemplada por varones, por lo que no se puede decir que era periodismo netamente femenino, ya que tenía una visión de género distinta a la que se manifestaría después, en el diario La Voz de la Mujer, que fue dirigido por estudiantes de la Academia de Niñas del Estado (de Oaxaca), quienes se encargaron de redactar textos escritos por y para mujeres. Fue encabezado por Rafaela S. Sumano y Leonor Sanabria (Gaspar, 1997).
La visión social de la mujer era más opresiva que ahora, como comenta la tesista Barbara Bockus: “(la sociedad) la consentía a veces y le toleraba sus faltas, pero ella no contaba como persona, porque no la dejaba cultivar su inteligencia. Si era pobre trabajaba hasta morir. Si tenía bastante dinero para subsistir y un marido para mantenerla no hacía nada: bordaba y charlaba –esa era su vida-“.
Las opciones que tenían las mujeres para conseguir cierto nivel de educación era la religión. El estudio en conventos hacía que las mujeres escribieran textos de calidad para publicarse en medios impresos, pero generalmente se difundía sin nombre.
En México hubo varios medios que tomaron en cuenta también las ideas femeninas: el Águila Americana (1823), Almanaque de Señoritas (1825), y El Iris (1826), fueron los primeros en insertar contenidos para mujeres.
Después, en la mitad del siglo XIX hubo otras publicaciones: el Calendario de las Señoritas mexicanas (1838), Panorama de las Señoritas (1842), Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas Mexicanas (1847, 1851-1852), La Semana de las Señoritas (1850-1852), el cual fue el primero que invitó a sus lectoras a enviar cartas, charadas, poemas y adivinanzas.
Después de 1870, hubo el verdadero auge del periodismo femenino en México, con Las hijas del Anáhuac (1872), la cual retraba los sucesos más importantes de la época con plumas femeninas.
Sin embargo, uno de los medios más combativos de la época fue Las violetas del Anáhuac, dirigido por Laureana Writgth, quien con sus colaboradores tuvo importantes aportes en discusiones públicas sobre temas científicos, culturales, históricos y literarios.
Writgth fue una de las más fervientes promotoras del derecho del voto a la mujer, que se conquistó casi siete décadas después en el México posrevolucionario.
Un caso especial fue el periódico La Voz de la Mujer, editado precisamente en el Estado de Oaxaca por primera vez en 1887, con un eslogan que bien podría ser uno de cualquier publicación de carácter socialista: “Periódico dedicado á la instrucción de la mujer de la clase pobre de nuestra sociedad”.
Pero no era el caso. Fue más bien una mezcla de puritanismo con ansias de modernidad, donde las estudiantes de Academia de Niñas del Estado, dejaron constancia de que la mujer podía escribir sobre cualquier tema, sin una limitación por ser el “secso débil” (así se escribía en el siglo XIX).
Apoyadas por el régimen de Porfirio Díaz, el periódico al principio tuvo un equilibrio informativo que lo hizo destacar a nivel nacional. Incluso publicó colaboraciones de mujeres oaxaqueñas que las mandaban por correo, pero al tercer número hubo un cambio de línea editorial, donde se puso mayor énfasis a la religión, y como consecuencia, hubo descalificaciones moralistas contra otro tipo de periódicos y las noticias adquirieron de nuevo el tono “rosa” que se invocaba en la mayor parte de los periódicos dedicados a la mujer.
Así pues, en el siglo XIX se pueden ver destellos de mujeres que intentaron modificar la visión de género social mediante periódicos, lo cual también exhibió el talento para escribir, y la recalcitrante misoginia de mexicanos que hacían de menos a la mujer.
Como menciona Pitman (2007), la inclusión femenina se pudo haber dado por el desarrollo natural de las políticas liberales implementadas en México, que veían el papel de la mujer fuera del hogar en la educación y socialización de los niños durante la revolución.
Sin embargo, durante la llegada al poder del general Porfirio Díaz, el rol de la mujer dentro de la sociedad fue nuevamente definido por el afrancesamiento de la cultura mexicana, como el caso de la Voz de la Mujer, donde retornó a labores del hogar y se dio un impulso a las modas, revistas de contenidos ligeros, con relatos y cuentos para pasar el tiempo, y consejos de belleza.
Pero con la semilla sembrada de la libertad femenina, muchas mujeres abrieron el campo a futuras generaciones de profesionales en distintos ámbitos de la vida nacional, que por supuesto despertó el encono de diversos dueños y directores de medios de comunicación de finales del siglo XIX, como el caso del periódico El Clarín, de Guadalajara, que en una nota publicada en 1883 decía:
“Las señoras y señoritas de la capital muy activas, asaz varoniles que pronuncian discursos, componen piezas musicales y abrazan y besan en público [...] esos arranques viriles del sexo débil, francamente no nos gustan; saquen ustedes a la mujer de su natural esfera de acción, sepárenla de la tarea de pegar botones, de confeccionar un guiso ó de enseñarles una oración a los chicos [...] y lo habrán hechado (sic) todo a perder por más que en lo contrario opina la renombrada escritora Dña. Concepción Gimeno de Flaquer. La mujer a sus labores: eso de decir discursos y encabezar motines, se queda para nosotros que llevamos pantalones. No hay que confundir los sexos”.
Iniciado ya el siglo XX, cuatro años antes del estallido de la Revolución Mexicana, se conformó la primera organización de carácter feminista –la Sociedad Protectora de la Mujer–, la cual apoyaba a mujeres que eran maltratadas y defendían sus derechos políticos cuando eran perseguidas por la autoridad. La prensa obrera también apoyo la lucha y movilización de las mujeres en el ocaso del porfirismo.
El diario Las hijdas de Cuahtémoc fue fundado por varias mujeres encarceladas durante el régimen de Porfirio Díaz, entre quienes se encontraban Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, Dolores Jiménez y Muro, y Elisa Acuña y Rosetti (Rocha, 2008).
El 1 de julio de 1906, el Partido Liberal que dirigía Ricardo Flores Magón, publicó un manifiesto, valiente y generoso (ICAP, 1984), a favor de una legislación del trabajo. En él están señalados los derechos que deberían gozar los obreros y los campesinos para dignificar sus vidas.
Cabe recordar las condiciones de trabajo de aquel entonces que sufrían las mujeres: en 1906, empresarios de la industria textil de la zona Puebla-Tlaxcala implantaron un horario de trabajo de 14 horas diarias –de seis de la mañana a ocho de la noche–, con 45 minutos para comer, con prohibición de visitas y de lectura de periódicos, el cobro a los obreros de insumos que se rompieran, entre otras reglas infrahumanas. Esto originó el cierre de fábricas en 19 estados de la república y la intervención del dictador Porfirio Díaz.
Junto con estos movimientos surgieron medios de comunicación obrera: La Revolución Social y Unión Obrera
La primera asociación con el periodismo revolucionario de un medio hecho por mujeres fue el caso del periódico Hijas del Anáhuac (Rocha, 2008), editado en Tizapán DF, en 1907, por trabajadoras textileras, quienes hicieron suyas las demandas del magonismo, y se pronunciaron a favor del mejoramiento social de la mujer obrera.
Tras la salida de Díaz del poder, las mujeres tuvieron un auge político, combativo y periodístico en la escena nacional.
Posteriormente, la aparición de medios de información dirigidos por mujeres incrementó, aunque nunca se posicionó en un nivel tan grande como el de los grandes periódicos nacionales, todos dirigidos por hombres de traje, corbata e ideas machistas como el hecho de que la maternidad no puede ir ligada con un trabajo remunerado.
En 1921 la visión sobre la “misión” de la mujer en la sociedad seguía no presentaba variaciones pese a las movilizaciones sociales que surgieron en las postrimerías del siglo XIX y los principios del XX. Señala Pitman un escrito de la época, atribuido a Sofía Villa de Buentello: “por qué en México una mujer soltera no podía dejar la casa de sus padres si no había cumplido 30 años, por qué no podía ir sola al teatro, a caminar un poco, o por qué, en su propio país, tenía que viajar acompañada”.
Sin embargo, con la Revolución Mexicana, la capacidad de movilización se incrementó notablemente para las mujeres, quienes pudieron desplazarse por el país con mayor dlibertad debido a la presencia de adelitas, quienes hicieron grandes migraciones para acompañar regimientos por todo México.
Al mismo tiempo, con el apaciguamiento de la violencia se generó una apertura educativa para las mujeres con la entrada al proceso de modernización del país, lo que generó la masificación de profesionistas, entre ellas, numerosas periodistas.
En los años cuarenta, comenzaron a surgir mujeres reporteras quienes allanaron el camino para las futuras generaciones de periodistas (en las escuelas de periodismo y comunicación se puede ver una mayor cantidad de mujeres que de hombres en la actualidad), como sería el caso de Dolores Castro.
Las telecomunicaciones y las vías de transporte en muchas regiones del país mejoraron notablemente, por lo que el mundo comenzó a tener una comunicación más fácil y mejor.
En este contexto, surgieron además a finales de 1960 las primeras generaciones de mujeres, que además de entrar a un campo tan machista y misógino como es la prensa, combatieron el patriarcado con ideología feminista.
Finalmente, durante la década de los 80 comenzaron a crecer dos movimientos de mujeres, uno en los que se vende el arquetipo de mujer resignada, donde el sufrimiento es parte de la feminidad, y la otra, que se coloca como una alternativa a ese estilo de reportar noticias “rosas”, como “Lolita” Ayala.
Esta segunda opción tiene como característica una nueva visión de género con respecto al decadente American way of life, propuesto por la mezcla entre personas que tienen como ejes rectores de vida la religión y el libre comercio.
El papel que los medios de comunicación tienen es el de reafirmar la maternidad de la mujer con su creciente incorporación al mercado de trabajo, pero sin hacer una crítica al estilo de vida patriarcal que existe muy arraigado en la sociedad mexicana, donde los hombres no tiene participación directa y constante en actividades domésticas.
Incluso se “vende” un prototipo de mujer que tiene que hacer más cómodo su estilo de vida, sin proponer un cambio para un estilo de vida más sano. No le dice que su esposo tiene que ayudarla en limpiar la casa, cocinar, atender a los hijos, etcétera; pero sí vende productos para mitigar el dolor que origina un estilo de vida insano, que implicaría la falta de descanso, estrés cotidiano, y la explotación de una doble jornada de trabajo, una adentro y otra afuera de su casa.
Tanto los comerciales como los programas de entretenimiento tienen la misma carga ideológica, de la que no escapan los canales de noticiarios, en donde se presentan historias sobre los sacrificios de las madres por los hijos, cuando esta situación es una anomalía social que se origina en la discriminación sexual, puesto que la maternidad se pone como condición única de la madre, en donde puede tener una incidencia real de los conflictos sociales, económicos o políticos que ocurren en México.