Savia de la vida
Ayer leía un libro de Carl Sagan, que se llama Cosmos. Está muy chido, porque cuenta historias que vinculan al átomo con la inmensidad, y tiene una frase que cuando la leí, uff, dije, qué buen es estar vivo. Sin embargo, les cuento de una historia sobre ninjas y samuráis.
Una vez dos clanes ninjas pelearon hasta la muerte porque ambos creían que tenían derecho sobre el trono imperial (una vez más, la obsesión por el poder, chale). El emperador tenía ocho años y pertenecía a los Heike, quienes se enfrentaron a los Gain (no recuerdo si era así o de otro modo el nombre). En la batalla final, los Heike fueron derrotados en cantidad y tácticas, y miles de sus guerreros murieron. La nodriza del emperador creyó necesario que el niño no debía caer en manos de los enemigos, así que lo tomó en su regazo y se lanzaron al mar, del cual el fondo es su tumba.
Sólo sobrevivieron 28 mujeres, quienes se volvieron prostitutas de los marineros que habitaban la zona de la épica batalla. Hicieron un festival en donde se recordaba la batalla que sacudió los mares del Japón.
Lo que tiene el matiz poético científico es que ahí habitan cangrejos samuráis. Es decir, pequeños cangrejos que tienen un caparazón que asemeja un poco a un rostro humano.
Este bello acto poético tiene también otro matiz, debido a que según la explicación de Carl Sagan, los cangrejos se adaptaron artificialmente a esta situación. Los pescadores que recojen estos cangrejos, generalmente los devuelven al mar. Entonces, el cangrejo en su conjunto pensó, mejor me volveré cangrejo samurái para que no me comen. Y se multiplicaron. No hay ninguna pelea entre poesía en actos de la naturaleza y la selección natural, aunque parezca artificial, ja ja.
La frase de Pascal era: “cuando veo al universo desde mi carne, me aplasta. Cuando veo al mundo desde mi mente, lo abrazo”.